Decir tan se utiliza en una de sus acepciones, para referirse a algo que es exagerado, y que da como resultado lo que se expresa. Es una expresión ambigua, quizás tan nunca es suficiente, o rebalsa el espacio intermedio entre dos hasta que los vuelve uno.
Podemos pensar en la distancia o la proximidad como espacios relativos a cierta percepción, nada determinante, entre dos eventos determinados. En un susurro, la distancia desaparece, en la falta se vuelve tangible.
Quizás si sea mérito de las nuevas tecnologías, el haber generado la fantasía de la proximidad, construyendo un mundo que se presenta como cercano y accesible. Ahora bien, esta ilusión se funda en un deseo, propio del ser humano, de sentirse contenido por la presencia del otro. Pero a veces ese otro se desmorona, se desvanece, y nos encontramos solos. La telepresencia nos permite compartir no sólo un espacio sino también un tiempo sincrónico, sin embargo, no puede reproducir el aliento, el calor del cuerpo, la textura de la mano, el sonido directo de la voz.
El estar cerca se presenta como una seguridad, pero nunca como una garantía.
Desde que existe la fotografía, el ojo se ha mecanizado y nuestra percepción del mundo es indisociable de los modos en que lo fotográfico lo configura. Cuando el estatuto de lo real en la imagen es cuestionado, caminamos por la mágica sala de los espejos, en la que sabemos que ninguno de los reflejos que nos devuelve es exacto.
Miramos el cielo, lo fotografiamos y aparece como ese inmenso plano azul celeste que lo recubre todo. Sin embargo, la distancia con las estrellas aparece como incalculable. Somos parte de un inmenso universo que no comprendemos, que la razón no puede dimensionar. La técnica busca establecer medidas, relaciones, cálculos. Pero el universo sigue inabarcable, y lo que nombramos de él no es más que lo podemos comprender. Podemos en cambio medir el peso de una cabeza de un otro que se apoya sobre nosotros, la intensidad neumática de un abrazo, el calor de un colectivo lleno. A veces la fotografía materializa cierto espíritu vivencial, depositamos en ella la confianza de que recordará lo que a la memoria a veces se le escapa y que a partir de ella podremos tener control sobre nuestra historia, sobre nuestro pasado. Depositamos una vez más, nuestra fe en la técnica.
Podemos también manipular ciertos objetos, que se disponen en un orden que en parte depende de nosotros. Y en parte no, porque lo real se encuentra atravesado por una serie de complejas variables que nos desbordan. Tenemos la necesidad cada vez más marcada de conocer los límites del mundo, volverlo manejable, con el fin de delimitar el universo de lo posible lo más posible. La relación con el mundo mediada por el dispositivo tecnológico responde a esta necesidad, ya que son pocas las cosas –o quizás ninguna– que manipulamos con la certeza de su permanecer. Reconocemos cierta fragilidad en cuanto a este orden, que en definitiva es precario como nuestro estar en el mundo.
Los trabajos aquí reunidos han estado cerca entre ellos, de alguna manera. En el proceso creativo, durante los sucesivos encuentros del taller. Pero también han intentado aproximarse al mundo, volverlo manejable mediante la fotografía. Convertirlo en un sitio seguro. El acercarse al mundo desde la fotografía, implica un proceso de reconstrucción, siempre desde la propia mirada. Consideramos una aberración una deformación del lente, estableciendo como único parámetro nuestro aparato visual perceptivo, nuestros propios ojos. Ambos poseen limitaciones, por eso desconocemos en realidad cual es la verdadera configuración del mundo, o cual se le aproxima de mejor manera. Compartimos la duda, evitamos la certeza.
A veces parece que la distancia se desvanece. A veces el intervalo se vuelve tan amplio que no podemos percibir el siguiente punto, delimitar un margen, un horizonte. Pero el deseo pulsa y late más fuerte, generando un movimiento afectivo que nos acerca, que ordena lo que acontece en el andar mismo, en cada contacto del suelo con nuestros zapatos.

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